Relatos

 

Los Enterrados del Sótano © Dogon

Es nuestra creencia en su oscuridad lo que vuelve oscuras las cosas. He intimado con la Oscuridad, y eso lo tengo claro.

Barón Oxxon de Darkestshire.

Nunca me dejaba bajar mi padre. Primero, que era muy chico para hacerlo; luego, que no había nada allí que pudiera interesarme; después, que ese lugar era de su uso exclusivo,... y que no había nada allí que pudiera interesarme. Mi madre le secundaba en eso. Siempre estaba recelando de mí, vigilándome, cuidando que no me acercara ni tan siquiera a la escalera que conducía al sótano de la "residencia", como gustaba en llamarle mi padre. Mi madre fue una sombra inseparable. Nunca supe como lo hacía, pero siempre estaba en el lugar correcto, en el instante correcto. Como imaginarán, mi infancia fue muy triste; nunca supe lo que es hacer una travesura. Y la escalera. Vivía ensoñaciones diurnas y pesadillas nocturnas, pensando en ella. Imaginábame bajando por ella, enfundado en mi amplio y blanco camisón de niño, que refulgía como la plata bajo una desvanecida luz espejada que la luna arrojaba por los cristales de una pequeña ventana de arco angrelado, situada justo encima del recodo que, inesperadamente, torcía su camino hacia las ignotas profundidades del sótano. En mis visiones, avanzaba con pasos pausados y precavidos, como intentando no hacer chirriar la madera arcana de los peldaños polvorientos en los que sólo se distinguían las huellas de las suelas de los zapatos de mi padre, descendiendo.

tyndalos

De Profundis © 2001, Jorge R. Ogdon Dogon

Las pisadas me causaban escalofríos imperceptibles, que sentía como profundos pinchazos entumeciendo mis pequeños pies. Mas una fuerza interior irrefrenable me impelía a seguir bajando, a continuar el descendente camino hacia lo desconocido. ¡Y las pisadas de mi padre no me auguraban nada bueno allí abajo! Presentía que era un descenso ad inferos. Pero toda mi aprensión se veía superada por mi curiosidad, acicateada por años de prohibición; quería saber cómo era la puerta del sótano. Necesitaba verla. En mi fantasía desbordada de niño excitable y solitario, la imaginé de mil formas diferentes. Pequeñísima, como el ojo de la aguja por el que no pasarán los ricos, pero sí los camellos; o de tamaño colosal, como una losa inconmensurable que hubiera sido cortada de una montaña, desde su base hasta su cima, en un solo bloque. De dimensiones normales o desmesuradas, la puerta era un rasgo obsesivo de mi monomanía. Era el obstáculo final entre el sótano y yo. Guardo todavía montones de dibujos que hice de ella en aquellos tempranos días de mi vida, cuando el sótano era toda mi vida. Dibujos hechos con crayones, lápices de colores o negros, carbonilla, tiza, cola de carpintero teñida, témperas, acuarelas,... qué sé yo, infinidad de texturas, líneas, garabatos,... y huellas de dedos pequeños; mis pequeños dedos de niño, que acompañaron mi locura incipiente para plasmar lo que ella me dictaba obsesivamente a ritmo febril. Anoche los estuve repasando, ahora que por la mañana retornaré a la residencia para tomar posesión de mi legítima herencia; ahora que, por fin, el sueño se hará realidad y sabré cómo es en realidad. Ya lo estoy viendo. Bajaré por la escalera, pisando sus polvorientos peldaños de madera arcana, llegaré a la puerta, ¡oh, soñada puerta!, y, sea ella como fuere, la abriré y finalmente conoceré los secretos prohibidos del sótano. Y de mis padres.

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Casi no recordaba cómo era la residencia por fuera. Cuando llegué ante ella, me quedé embobado, contemplándola en toda su decante y mísera magnificencia actual. No la veía desde que murió mi padre y mi madre me llevó consigo muy lejos. ¡Cómo la odié por eso! No quiso ni oírme; hizo oídos sordos a todos mis reclamos y rabietas. Me arrancó de la residencia arrastrándome del brazo y, a los empujones, me puso en un carruaje de alquiler. Nos marchamos sin siquiera dejarme mirar hacia atrás, mientras murmuraba "Nunca, nunca volveremos a este lugar". Lo decía susurrando, mirando fuera por la ventanilla del vehículo y bamboleando su cuerpo, flaco y reseco como un saco de granos lleno de vacío, al ritmo del traqueteo. Entretanto, yo la miraba alelado, sin poder creer lo que ocurría o que pudiera decir lo que decía; "ésta no es mi madre... ¿Cómo puede llamar 'lugar' a la 'residencia'?". "Ésta no es mi madre"... No, ya no. Cuando murió, la vi exactamente tal como estaba aquel día de nuestra partida. Sí, la abandoné bajo la presión intransigente de mi madre y porque todavía no era mayor de edad y la ley no me apoyaba a mí, sino a ella. No tenía intenciones de convertirme en un muchachito fugitivo de su hogar, para que pudiera facilitarle su determinación de impedirme, a cualquier precio, que regresara a la residencia. Pero se equivocaba, ya que lo que yo necesitaba entonces era quien me mantuviera hasta hacerme un hombre independiente. Tenía,... debía volver a la residencia parado sobre mis pies, como un hombre hecho y derecho. Sabía que el legado de mi padre no nos duraría toda la vida. Estudié leyes y me dieron el título con honores. Desde ese entonces, esperé. Esperé a que mi madre muriera, pues sabía, desde el día en que nos marchamos de la residencia, que ella no duraría muchos años. Se apagó como una lumbre; su luz, que ya por entonces era trémula y no alumbraba, con el paso del tiempo se volvió más y más lívida, hasta que terminó apagándose, como cuando el pabilo de una vela empieza a flotar en la cera fundida hasta ahogarse en ella. Una vela que terminó por apagarse a sí misma, luego de vivir en la penumbra. A causa de mi prisa por terminar cuanto antes con mis estudios, la veía poco a pesar de vivir en la misma casa. Se acostaba muy temprano y, generalmente, no la encontraba despierta cuando regresaba de la universidad. Era en el desayuno que nos cruzábamos, en el comedor de la cocina; nos besábamos las mejillas, mientras descolgábamos un "buenos días, madre" y un "buenos días, hijo", para luego sentarnos y sumirnos en un diálogo sin palabras ni miradas. Los movimientos de las manos y de las mandíbulas triturando las doradas tostadas con manteca o miel, eran los gestos que acompañaban nuestra relación moribunda y próxima a morir. En esas ocasiones, la estudiaba con una mirada que, en un par de ocasiones, la impulsaron a preguntarme "¿Qué miras así, hijo?"; a lo que le respondía "Nada, madre. Me gusta verte". ¡Maldita mentira! ¡La miraba para ver si empeoraba! No, no hay que malinterpretarme. No soy un desalmado o un hijo desnaturalizado que deseaba la muerte de su madre para heredarla. En realidad, notaba que desde la muerte de mi padre había perdido las ganas de vivir y su salud se deterioraba a pasos agigantados. Tampoco hay que creer que la dejé morir así nomás. Tuvo la atención de los mejores y más inútiles médicos de la ciudad; en eso, no escatimé gastos. Pero le pedí a Dios, todas las noches, que le diera el reposo eterno de una buena vez. ¡Se lo rogué fervientemente! Tardó unos años en hacerlo, pero, en una cálida noche de verano, el calor sofocante terminó de evaporar el agua de la vida junto con la copiosa transpiración que exudó su cuerpo marchito y macilento. Al amanecer, la encontré en su cama como una hoja seca empapada por la lluvia y yaciendo sobre un charco de otoño. Luego de las exequias, en el cementerio de la ciudad donde vivíamos - porque nunca me dijo dónde había hecho enterrar a mi padre -, no lo dudé ni por un instante. Fui al despacho de mis colegas letrados, hice que terminaran aceleradamente los trámites de la herencia y, a la semana, me trepé en una diligencia y me vine a la residencia sin detenerme en ninguna posta. El conductor protestó por un buen rato ante mis constantes e insistentes arengas para que azuzara a los caballos, pero el lenguaje del dinero es el que mejor entienden los hombres; promesas (cumplidas, por cierto) de una buena propina y, de ser necesario (que no lo fue), un par de caballos más jóvenes y fuertes de mi propiedad, le imprimieron velocidad a las patas de sus matungos. Estaba ansioso por llegar y conocer el sótano. No me detendría a ver el resto de la residencia, que llevaba grabada en la memoria como el ganado lleva la marca del hierro candente que acredita su pertenencia. La residencia permaneció cerrada hasta el día de hoy y nada pudo haber cambiado desde que me arrebataron de ella. Pero el sótano,... eso era otra cosa. Nunca estuve allí abajo.

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La antigua llave cliqueaba mientras trataba de girarla para entrar. Mi temblequeante mano no acertaba a embocar sus dientes en la ranura de la cerradura, tanta era mi tensión nerviosa y emoción espiritual ante el anhelado evento de volver a poner un pie en su interior. Por fin, el tozudo obstáculo cedió ante mi obsesiva insistencia. Con un fuerte empujón, abrí completamente la hoja de madera y la luz de un sol tardío penetró raudamente, para enseñarme la penumbra de un ambiente en donde el polvo flotaba en el aire, brillando como una miríada galáctica de estrellas y planetas dorados. Paseé con mi mirada de un lado al otro. Todo estaba igual, ni siquiera habían puesto telas sobre los muebles. Contrariamente a lo que imaginaba, no me encontré con esos numerosos fantasmas mobiliarios, tan habituales en los caserones que han estado cerrados y deshabitados por demasiado tiempo. Los diseños de las alfombras persas y turcas casi no se distinguían del polvo que se había acumulado sobre ellas; los sofás y sillones estaban cubiertos por capas estratigráficas de la terrosa sustancia, más allá de lo que hubiera considerado conveniente un arqueólogo; y los tapices, cuadros y espejos estaban opacados y deslucidos, asfixiados bajo toneladas de oscura materia. Las ventanas estaban todas cerradas firmemente, como comprobé de inmediato al intentar abrir las dos que daban al frente. Me costó mucho trabajo, pero conseguí abrirlas al fin. Ahora, la luminiscencia que se desparramó por la sala había cobrado tintes malva y durazno, con lo que la sensación de opresión que sentí desde el momento en que abrí la puerta se acentuó aún más. Ver enterradas de este modo las pasadas glorias de la residencia, me arrancaron más de una lágrima, que pude reprimir a tiempo. Los hombres no lloran. Y yo ahora soy un hombre.

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Desde el abierto umbral de la puerta se inclinaba la sombra de mi equipaje, recortada contra el deforme rectángulo de luz que le acompañaba, dibujando, en una geometría distorsionada, la proyección luminosa por un par de metros. Eso me recordó que tenía que entrar mis maletas, lo que hice de inmediato, tomándolas al bulto y arrojándolas al interior de la sala sin ningún cuidado. Revolví en una de ellas, hasta dar con el paquete de velas y las cerillas. Con gesto resuelto, miré por sobre mi hombro, todavía en cuclillas sobre la maleta, con una sonrisa en mis labios. Encendí un par de velas y guardé el resto en el bolsillo de mi saco. Me encaminé hacia la cocina y me dirigí presuroso a la escalera del sótano. Las trémulas llamas apenas alcanzaban a iluminar corredores y rincones como aquellos, pero impelido por mi ansiedad sólo me detuve, en seco, ante el primer peldaño. Desde la pequeña ventana de arco angrelado, llegaba la escasa luminiscencia de una luna trepando sobre los árboles. Curiosamente, la escena me resultaba muy familiar, como que era la de mis sueños. Por eso me detuve, porque pensé, por una fracción de segundo, si no me habría quedado dormido y estaría soñando de nuevo el mismo sueño. Me pellizqué el dorso de una mano y,... no, no estaba soñando. La identidad nítida de la realidad y el sueño siempre soñado, me dejaron en el estupor por un instante. Y es que, bajo esa mortecina iluminación semejante a la de una capilla ardiente, podía ver con toda claridad los escalones descendentes cubiertos por una espesa capa de polvo, en donde únicamente se destacaban las huellas de las suelas de los zapatos de mi padre, descendiendo. Un ligero escalofrío helado recorrió mi columna vertebral hasta hacer que los pelos de mi nuca se erizaran, y un temblor inconsciente agitó mi cuerpo. Sin pensarlo, di el primer paso hacia el segundo escalón, allí donde aparecía, como un brillante hongo amarillento, la primera huella, el primer paso que había dado mi padre para bajar al sótano. En ese momento, me identifiqué por completo con él. Sentí lo que él debe haber sentido cada vez que se hundía en las profundidades de la escalera en dirección al vedado recinto subterráneo. Viví,... ¡sí, reviví cada paso suyo en ese primer paso mío! ¡Oh, qué sensación!... Permanecí por no sé cuantos minutos saboreando mi exacerbada emoción, hasta que volví a mirar hacia abajo y, con la resolución impresa en mi rostro, me largué por los peldaños que faltaban para llegar hasta la puerta. Lo hice sin prisa y sin pausa, deleitándome por el estado que me había provocado la euforia y, al doblar el sombrío recodo,... ¡la puerta del sótano! Ahí sí que me quedé alelado, impactado por la inesperada presencia - pues toda mi vida pensé que a la vuelta del recodo la escalera descendía todavía más - de la vulgar y verde puerta del sótano. Sí, era una hoja de madera parcamente tallada y pintada en un ahora mustio color verde inglés; común como cualquier otra puerta de la época en que se había construido la residencia. ¡Oh, desilusión, irrealidad engañosa! En mi imaginación, miles de papeles dibujados y garabateados caían sobre mi cabeza para aplastarme debajo de ellos, como irónico retorno de las horas desperdiciadas en mi fútil intento por recrear lo inexistente. Pero, de inmediato, fue otra cosa la que me dejó tieso como clavo de crucifijo. Escuché repetirse un raspar de algo detrás de la puerta. Paré la oreja, con mis manos firmemente estrechadas entre sí, los ojos saliendo de mis órbitas, los labios contraídos en un rictus de atento temor. Fuera lo que fuese que producía el sonido, no estaba muy lejos de lo único que se interponía entre eso y yo. ¿Ratas? ¡Pero, claro, si acá debe haber una colonia! ¡Ja, ja, qué tonto soy! ¿Qué otra cosa puede ser? Aflojé mis manos. Reflexioné que si eso era verdad, no era nada saludable entrar ahí sin tomar precauciones, como ser, en primer lugar, un arma. Pero no había armas en la residencia; nunca las hubo y, ¿quién iba a traer una, cuando estuvo cerrada por tanto tiempo? No, debía procurarme otra defensa. La idea de volver sobre mis pasos hasta la cocina para buscar un cuchillo o una escoba, me desalentó en cuanto se me presentó. No iba a hacer tal cosa. Después de todo, en el sótano debía haber cosas que podía usar contra las ratas; algo, qué se yo. No, no retrocedería. Si lo hubiera hecho, no hubiera vuelto nunca más. Y quizás es lo que debiera haber hecho

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Sin meditarlo más adelanté mi mano derecha, decidido a abrir la puerta cuando, bajo la ondulante luz de las velas vi que, entre dos argollas metálicas bien engrapadas al marco y a la lámina de la misma, cruzaba una gruesa cadena que quedaba sólida e impenetrablemente sellada por un morrocotudo candado oxidado, cuya boca de cerradura me sonreía impasible con la seguridad de que no podría violarlo. ¡No tenía la llave! Nunca había barajado esta posibilidad en mis febriles sueños. Me acuclillé y planté una de las velas en el piso, en tanto con la otra me alumbraba para examinar el imprevisto obstáculo que me impedía cumplir con mis anhelos desbocados. Mientras analizaba con detenimiento el candado, me di cuenta que, por más viejo que fuera, todavía tenía la solidez suficiente para evitar que lo superara así nomás. Necesitaría un serrucho para cortar la cadena; o algo más fuerte aún, una barreta de hierro y mucha habilidad, cosas con la que no contaba. Tendría que llamar a un herrero, idea que me espantó al punto de concebirla, pues tendría que esperar hasta el día siguiente y no tenía ningunas ganas de hacer tal cosa. Y, por otra parte, no deseaba que ninguna otra persona estuviera presente al momento de bajar al sótano. Las maldiciones que lancé entonces deben haberse oído hasta los peldaños del trono de Dios, allá, bien alto en los cielos, porque, hecho una verdadera furia, volví a subir la escalera dando grandes zancadas y, sin importarme un bledo el estruendo que hacían mis zapatos sobre los peldaños ligneos, ni el polvo que levantaban mis iracundas pisadas para volver a cubrir las huellas descendentes de mi padre. Llegado a la cocina, revolví los aparadores, abrí cajones y alacenas, puertas y hornos, buscando como un demente algo que me sirviera para abrirme paso hasta el objeto de mi flamígero deseo. Más loco me puse cuando, cansado y polvoriento, con la cara y las manos negras de revisar fútilmente lugares sucios y grasientos, retrocedí bajando de nuevo por la escalera, dispuesto a romper la puerta del sótano a patadas. Estaba tan agitado y fuera de mí, que tuve que sentarme en el último peldaño a tomar un resuello; fue entonces cuando la vi debajo del peldaño, apenas brillando por la luz de la vela que había depositado en el suelo antes de mi alocada acción de subir a la cocina. La llave del candado, arrojada - recién ahora caía en cuenta - por mi madre el día que decidió arrancarme de la residencia. Pero, ¿por qué haría eso? ¿Por qué cerró la puerta del sótano con tanta cadena y candado, y luego arrojó la llave a la buena de Dios? ¿Qué... qué dejó encerrado allí?

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La idea me dejó de una pieza. Y el arañar incesante, que ahora sentía claramente era ejercido sobre la puerta misma, tenía mis nervios tensos y prestos a estallar en cualquier momento. Ratas, tenían que ser ratas. Y no una, sino unas cuantas. Encendí todas mis velas y las dispuse a un lado del umbral. Abriría la puerta estando parado detrás de ellas, ya que ningún animal sería tan insensato como para ir contra el fuego. Así lo hice y, con gran esfuerzo debido a la incómoda posición de contorsionista que tuve que adoptar según mi absurdo plan, por fin la condenada cerradura emitió un sonoro "clac" cediendo a mis denodados giros con la llave. Ni falta hace decir que al hacerlo casi caigo al suelo cuan largo soy atravesado ante el umbral, pero pude evitarlo echándome violentamente hacia atrás. Al momento en que el candado hizo ruido, el raspar detrás de la puerta se volvió frenético. No, sin duda no era una sola,... ¡era un batallón de roedores inmundos! La situación no era nada halagüeña, pero no iba a dejar que unas ratas de mierda me detuvieran a un paso de mi meta; así que, sin más preámbulos, empujé con fuerza la verdosa puerta sobre sus goznes, que chirriaron menos de lo que imaginé y, sin presentar mucha resistencia, su hoja giró sobre sí misma abriéndose al abismo. No sé si fue el movimiento, la luz de las velas o qué, pero, como por arte de magia, el multitudinario raspar cesó abruptamente. Yo estaba pegado de espaldas a la pared junto a la puerta abierta, esperando a que salieran en desbandada miles de pequeños bultos peludos y asquerosos, pero luego de un par de minutos de ver que nada pasaba, me asomé tímidamente por el umbral y comprobé, totalmente desconcertado, que no había ni uno solo de ellos en ninguna parte hasta donde alcanzaba mi vista, que únicamente registraba otro tramo de peldaños de madera polvorienta,... con las huellas de las suelas de los zapatos de mi padre, descendiendo. Aparte de ellas, ni un rastro de pisadas de ratas u otros repugnantes y desagradables bichos. Eso me animó lo suficiente como para despegarme del muro y adentrarme a fin de bajar los últimos tramos hacia lo desconocido, con una pregunta en la mente, "¿Qué diría mi padre si me viera entrando a 'su mundo'?".

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Apenas apoyé el pie sobre la reseca madera del primer escalón, oí claramente cómo escapaba de él un inoportuno chirrido, que hizo que mi corazón se acelerara y retumbara en mi pecho como un trombón; vibrante, rítmico, peligrosamente desbocado por desconocidos temores, que se negaba a compartir con mi razón. Adelanté el otro pie y, al ponerlo en el siguiente peldaño, se volvió a repetir el quejumbroso y agudo chirrido, dando a mi corazón más razones para saltar de su sitio - como si tratara de escapar - que lo que mi mente pudiera hilar coherentemente en ese instante. Mis ojos iban de la escalera a la oscuridad que reinaba debajo,... en el sótano. Había cogido del piso una de las velas encendidas y llevaba tres más apagadas en un bolsillo, pero la miserable luz que arrojaba la candela apenas alcanzaba para que viera en dónde ponía mis pies. Y, en cada peldaño, brillaba, bajo esa mortecina luminiscencia, una huella tan familiar que, por un segundo, me pregunté si mi padre no se aparecería de repente para echarme a empujones de su exclusivo encierro. Porque, de pronto me golpeó como un rayo la idea de que mi madre había dejado a mi padre encerrado en el sótano, harta de que se la pasara todo el tiempo en su vedado recinto subterráneo, completamente desligado de la familia y el mundo. Pasmado ante semejante pensamiento, no me di cuenta y, dando un mal paso, trastabillé y me fui rodando por el resto de la escalera hasta caer, como una bolsa de papas, a sus pies, pegándome un buen golpe contra el suelo. Quedé atontado, hecho una piltrafa, dolorido y gimiente como un animal maltratado. Debo haber caído en la inconsciencia por un rato o me quedé shockeado en medio de la oscuridad absoluta, pues la vela se había apagado e ido a parar sólo Dios sabe dónde. De todos modos, tanto si abrí los ojos como si los tuve cerrados fue lo mismo dado que una impenetrable negritud me rodeaba mientras permanecía tirado en el suelo. Repentinamente, oí de nuevo el sonido rasposo, cerca, muy cerca, tan cerca que parecía provenir de debajo del piso sobre el que yacía tumbado. ¡Sí, sí, venía de debajo del suelo! ¡Justo debajo de mí! Sin poder reaccionar ni creer lo que se me estaba cruzando por la mente, el ruido comenzó a crecer y a hacerse cada vez más próximo. Apoyé una oreja contra la áspera superficie y, sobresaltado pero volviendo a mis cabales, me percaté de que efectivamente algo venía cavando hacia arriba en dirección a mi persona. Si digo que me vi invadido por una oleada de terror indescriptible, supongo que nadie dudará de la veracidad de mi aseveración. Me sentía hecho pedazos por los golpes que me di al caer rodando, pero así y todo algo dentro de mí me dio las fuerzas suficientes para apoyarme sobre un codo e intentar incorporarme para salir corriendo escaleras arriba. Atiné a manotear una de las velas que llevaba y, aunque estaba quebrada como las otras, tenía suficiente cabo como para alumbrar el camino hacia mi salvación. Porque ni por un instante dudé que eso que escarbaba su camino hacia mí, no podía ser nada bueno. Raudamente inundaron mi cabeza un montón de imágenes de mi infancia, escenas que había olvidado por completo, que nunca habían alforado desde su oculto refugio inconsciente. Episodios de la vida de mi padre, el famoso cirujano y anatomista. Cuadros evaporados y nebulosos de su formal y seria imagen de reconocido experimentador médico, siempre buscando la fórmula para prolongar la Vida, para dar al ser humano un aliento más que el que le fue otorgado por voluntad divina. Eso era mi padre, un explorador de cuerpos muertos. Pensé en ese momento si el sótano no habría sido su laboratorio privado, allí en donde podía trabajar a sus anchas con los cadáveres que conseguía, sin duda, de maneras no muy honestas, como todos los inquietos y morbosamente curiosos cirujanos de su época. Conocía las historias de esos tiempos idos. Eso me condujo a concebir que lo que venía arañando y abriéndose paso hacia mí eran los muertos, los cadáveres que mi padre despanzurraba día y noche en este sótano infernal, los muertos con los que mi padre jugaba a ser Dios y buscaba la Eternidad que le está vedada al hombre en su envoltura carnal. Encendí la lumbre con el pulso de un enfermo de Parkinson, porque sentía que el raspado sonaba ya como si estuviera logrando su propósito de perforar el piso y dar paso a lo que fuera que lo hiciera. ¡Dios! El espectáculoo de varios cadáveres podridos dejando caer trozos de su carne hedionda, dejando una huella de gusanos y putrefacción a medida que se arrastraban por lodosas hoquedades desde lo profundo de la húmeda y mohosa tierra, todo, todo sólo para alcanzarme, puso alas a mis pies y, cuando estaba a punto de iniciar mi huída, alcancé a ver bajo la paupérrima luz de la quebrada candela cómo el suelo de tierra apisonada se quebraba y de él surgían las puntas de tres descarnados dedos de largas y afiladas uñas lívidas, acompañadas de huecos gruñidos que sólo una garganta sin vida podría emitir. No esperé a ver el resto. Salí del sótano disparando como rata por tirante, sin detenerme en mi alocada y frenética carrera por salvar la vida. Atravesé a los tumbos la cocina, los corredores, los recintos, la sala, gritando enloquecidamente y sin importarme que la vela se hubiera apagado, y crucé la puerta de la residencia, para seguir corriendo despavorido hasta el camino que conducía a la ruta principal; y no paré hasta llegar a ella. Sólo allí me detuve, desfalleciendo, sin aliento, y me volví para ver, por última vez en mi vida, el que había sido mi hogar y mi razón para vivir. Ahora, sabiendo lo que el sótano realmente oculta, he decidido emprender un largo viaje por el mundo. Pero antes, pasaré por la tumba de mi madre y le pediré perdón por mi ignorancia y mis actos. Ella tenía razón, no debí volver nunca a la residencia. Haber regresado es lo que me ha alejado definitivamente de ella y del sótano. Nunca quise especular sobre si lo que estaba saliendo del piso era mi padre o alguno de sus desafortunados materiales de experimentación. Cualquiera hubiera sido el caso, el mero pensamiento me repugnaba por igual y me producía espasmos de terror irracional, porque, ¿cómo concebir semejante horror? ¿cómo poder aceptar racionalmente lo que había visto y vivido en ese sótano? Ahora el sótano y sus habitantes enterrados era un recuerdo que no quería recordar en lo absoluto. Es más, nunca viviré en una casa que tenga uno.

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[*] Texto e imagen: © 2001 y 2003, Jorge R. Ogdon (a) Dogon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.735 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Es propiedad.

 

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